Debut de Harden en Philadelphia, gran partido de Embiid y nueva exhibición de la pareja, a la que se une un enorme Tyrese Maxey. Los Sixers, 3-0 desde la llegada de La Barba.

De Bonnie y Clyde a Paul Newman y Robert Redford. La NBA, igual que el cine, ha estado siempre llena de grandes parejas. Un club selecto que en Philadelphia se fraguó con un anillo, el último de la entidad, en 1983, con Julius Erving, Moses Malone y su fo, fo, fo que ya es parte de la historia de la mejor Liga del mundo. Ahí se quieren colar James Harden y Joel Embiid, a los que nadie ha podido parar en los tres partidos que han disputado juntos. Y en esa lista se colarán si ganan el anillo, ese bien supremo que te permite inscribir tu nombre al lado de otros legendarios y que permite que lo que ayer eran críticas mañana sean merecidos halagos. Ya le pasó a Giannis Antetokounmpo, denostado en la burbuja de Orlando y elevado al infinito tras el título del año pasado. Y eso quiere el nuevo dúo dinámico de los Sixeres, particularmente criticado por la opinión pública en los últimos años.

Los Sixers van 3-0 desde que Harden y Embiid empezaron a jugar juntos y solo han sumado una derrota desde que la bomba del cierre del mercado hizo explotar hasta las previsiones más locas. En total, 6-1 con sensaciones extraordinarias en los tres últimos encuentros, con un Harden abnegado y un Embiid dominante, sonrisas en la franquicia y lágrimas en sus rivales. Doc Rivers, que no quería a su nueva estrella, la aplaude sin pudor, la intendencia funciona de forma absolutamente precisa sin la presión de ciertos jugadores (Tobias Harris a la cabeza) de tener que dar un paso adelante para acompañar a un solitario pívot que ya tiene a su pareja de baile. Y el escolta, actuando la mayor parte del tiempo de base, está en un momento de forma muy superior al que demostró en los Nets, en los que se dejó ir para forzar la situación hasta el extremo.

Philadelphia es una ciudad que entiende el baloncesto y sabe, por lo tanto, que está ante una gran oportunidad. Una histórica, que no se daba desde hacía mucho tiempo y que apareció por última vez en ese afamado y lejano 2001 en el que pisaron las Finales con Allen Iverson a la cabeza. Desde entonces, una sola final de Conferencia, una ronda que jamás ha pisado Joel Embiid. Harden tampoco tiene más suerte: coincidir en el tiempo con la dinastía de los Warriors, una de las mejores de la historia, le ha dejado con dos penúltimas rondas y ninguna participación en las Finales. En 2015, los Warriors le apearon cuando militaba en los Rockets (4-1). En una serie con mucha más historia, la derrota se repitió en 2018 (4-3). Y sí, se enfrentaba a un equipo absolutamente generacional, objetivamente histórico. Pero las críticas al jugador y el cuestionado estilo del escolta, junto al bochorno de los 27 triples fallados de forma consecutiva, dejaron muytocada la reputación de un hombre que ha acabado mal con todos sus compañeros, tiene unos hábitos cuestionables y un ego excesivamente grande.

Ante unos Knicks a la deriva, los Sixers siguieron con su gran racha y volvieron a ganar a los de Tom Thibodeau (cada vez más fuera que dentro del equipo) tras hacerlo en el Madison. Lo hicieron con 26 puntos, 9 rebotes y 9 asistencias de James Harden, que cuajó una gran actuación en pocos tiros (8 de 13) y estuvo, otra vez, comprometido en defensa; con 27 tantos, 12 rechaces y 4 pases a canasta de Embiid, 25 de Tyrese Maxey (4de 6 en triples) que se unió a una fiesta sin derecho de admisión para los locales, 14 de Tobias Harris y 10 de Matisse Thybulle. Todo un gran partido ante un rival lleno de apatía (30+6+7 de R.J. Barret y poca cosa de un Julius Randle muy superfluo: 24+6+3) que resolvieron en un tercer cuarto magnífico (38-19 de parcial) y una nueva victoria para esa pareja que ha llegado para quedarse y que tiene el objetivo cortoplacista de ganar el anillo ya antes de que las cosas se compliquen. Ya se sabe, cuánto más tiempo pase, más posibilidades de que haya problemas con Harden. De momento, el cuento de hadas es inequívoco. Los Sixers sonríen. Y tienen, claro, motivos para ello.

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